
ademuz

Castillo de Santa Bárbara






Los restos del Castillo de Ademuz se encuentran en la cima del monte de los Zafranares, dominando la villa situada en la ladera que hay a sus pies. El origen del castillo es incierto, aunque ya en época romana existía una fortaleza que más tarde sería reforzada y ampliada por los árabes; fue durante el dominio árabe cuando alcanzó la máxima importancia. El dominio del enclave se alternó entre cristianos y árabes en varias ocasiones, así en el año 1.210 fue conquistado por el rey Pedro II de Aragón y de forma definitiva para los cristianos en el año 1.259 por Jaime I el Conquistador. Fue una posesión de la Orden de Montesa y la fortaleza sería ocupada durante la guerra carlista. En la actualidad las ruinas han sido convertidas en un mirador y el acceso es libre.
Ermita de la Virgen de la Huerta (románica)






Data del siglo XIV y es el edificio más antiguo de la Villa, también uno de los ejemplares más representativo del románico valenciano; la Ermita está situada en la parte baja de la población, en el vial principal. Se trata de una construcción de tres naves, siendo la central el doble de ancha que las laterales; la portada presenta una espadaña con dos huecos o luces y un porche sostenido en dos columnas toscanas, dentro de éste una portada románica con una inscripción en hebreo del Salmo V, 8.
Arco de San Vicente



Situado en la plaza de la Iglesia, formaba parte de la antigua muralla de la villa, está construida en mampostería y tiene aspecto tosco; en la parte alta de uno de sus lados hay un cuadro de cerámica valenciana con la imagen de San Vicente Ferrer, de ahí su nombre.
Ermita de Santa Bárbara



Las ruinas de la Ermita de Santa Bárbara se encuentran en la zona alta de la población, junto al mirador del castillo y dentro del antiguo recinto de éste. La Ermita se construyó en el lugar que ocupó la antigua Iglesia de San Pedro, destruida en el terremoto del 7 de junio de 1.656 y que tenia una Cruz de hierro que a decir del obispo de Segorbe, Francisco Gavaldá, poseía - entre otros- los poderes milagrosos de silvar, chillar, sudar, lanzar chispas a larga distancia y coronarse de estrellas cada vez que se avecinaba tormenta. Bastantes años después, en 1.792, en botánico Cavanilles diría refiriéndose a los supuestos milagros aquello de "una ligera tintura de física, y tal cual instrucción en el artículo de electricidad aclararían hechos, y disiparían preocupaciones, hijas de la ignorancia", y es que como decía el botánico, "de todos es sabido que los milagros no se producen sin necesidad". Después de ésto los milagros quedaron algo devaluados y a día de hoy, siglos pasados, lo que si se puede afirmar, es que al Castillo, a la Iglesia de San Pedro y a la Ermita de Santa Bárbara, ni Dios consiguió librarles de la ruina.